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007 Refugiados LGTBIQ

En sus lugares de origen les vejaron por su identidad de género o por ser homosexuales. En 69 países se castiga y en 6 hay pena de muerte. Son refugiados LGTBIQ que ha acogido la ONG Rescate en España. Lejos de casa, han reencontrado su dignidad. Y el fotógrafo Gorka Postigo los ha retratado.

Foto: Gorka Postigo
Periodista: Tom C. Avendaño para El País
Estilismo: Carla Paucar
Set: Sofia Alazraki
Maquillaje: Miki Vallés
Thanks to: Pelonio, Camera Studio, Perfecto Madrid.

Henrik (El Salvador, 35 años) y Tania (El Salvador, 24 años). Lo único que hizo esta pareja fue salir a tomar una copa. “Llegaron al bar unos chicos”, recuerda él. Pandilleros, el cuarto poder en El Salvador. Empezaron a meterse con ella, cis heterosexual. Vieron que él era trans. “Ahí empezaron a agarrarla con nosotros”, dice ella. La acosaban en el supermercado. Les pedían dinero, 200 euros semanales, por dejarles vivir. “Un amigo les había ignorado. Apareció en su casa, en un baño de sangre, una bolsa amarrada a la cabeza y los genitales en la boca”, recuerda él. Huyeron. “Aquí soy libre, pero vine con la pena de que allí sí me aceptaban. Mi mamá me aceptaba. Mi peor pesadilla era irme y no volver a verla jamás. En octubre me llamaron: acababa de morir”.

Alex (Camerún, 20 años). Los padres de esta persona no binaria murieron pronto y él fue a vivir con su querida tía. Un día, ella le preguntó por las chicas; él contestó que mejor los chicos: “Me sacó de la escuela y me puso a vender zumo en la calle. Todo cambió”, recuerda. Se fue de casa, a trabajar a un restaurante. Allí conoció a un chico, que se ofreció a protegerle y compartir gastos para huir juntos a Europa. Estaban en Argelia cuando discutieron. “Mi madre se me apareció en sueños. Me dijo que me quedase, que el mar estaba peligroso. Se lo dije a mi chico. Se fue sin mí. Tras dos semanas sin noticias, me enteré de que había muerto en el viaje”.

Lali (Colombia, 26 años). La adolescencia en Villavicencio, al sudeste de Bogotá, le trajo consecuencias inmediatas a esta joven: “Ya de por sí, por ser mujer ya eres objeto de deseo. Cuando eres una mujer abiertamente lesbiana, es como si les pusieses un dulce. Te vuelves como un reto y empiezan los acosos… No me sentía segura en mi entorno. No tengo algo mal, no necesito un hombre que me arregle. Que me haga mujer. Todo esto me desencadenó rechazo propio y me aislé. Tenía novia, a distancia, y empecé a alejarla hasta que me dejó ella a mí. No quería tener contacto con nadie. En algún momento me dijeron: ‘No sales de casa, de tu habitación, tienes que hacer algo’. Entonces el universo se alineó y vine a España”.

Daniel (Uganda, 28 años). “Algunas tradiciones africanas dicen que la homosexualidad es una maldición que viene de un demonio y que se lava con sangre. Aprendí ya de pequeño que ser bisexual en Uganda era vivir en la clandestinidad. Tu familia, tu comunidad, tu gobierno te iban a rechazar. Tampoco podías confiar tus secretos a gente cercana: de joven fui a una fiesta y llamaron a la policía. Un poco mayor, entré en política. Empezaron los avisos, algunos incluso desde mi familia, de que me iba a pasar algo. Efectivamente, me atacaron. Para limpiarme la sangre. Hui a Nairobi, pero las comunidades están muy bien conectadas. Era cuestión de tiempo que me encontraran. Había leído que en Europa había derechos para homosexuales. Es muy difícil ser homosexual en Uganda”.

Francesca (El Salvador, 30 años). Conoce bien los problemas de ser mujer y trans en El Salvador. La prostitución como única salida: “En casa no me aceptaban. En la universidad me excluían. En las entrevistas querían que me cortase el pelo, ser hombre, no ser yo”. Las agresiones: “Un día iba con mi pareja a un evento cultural y unos chavales nos lanzaron telas en llamas. Nos quemaron la ropa y la piel. Tengo esas cicatrices en la piel y en el espíritu”. Y la impunidad: “Cuando vas a denunciar, te dicen: ‘Te lo buscaste por ser maricón, por ser como eres’. Y no investigan. Además, da pavor porque esa información se filtra. Cualquiera podía ir a matarte a tu casa. Luego los medios dirán que era un ajuste de cuentas”.

José Antonio (Venezuela, 21 años). “Cuando eres gay y eres negro, la gente te quiere ver menos”. Ese es el resumen que hace de sus 19 años en Cabimas, Venezuela, donde vivía en el armario pero, a la vez, acosado por su pluma. Que le gritaran por la calle, o le tirasen huevos crudos, era su rutina. En casa no decía nada: no iban a aceptarle. Dejó de salir. “Solo a casa de mi amiga, ir y volver, 200 metros entre las dos. Volvía tarde, a las dos de la madrugada, para no ver a nadie. Aun así, me gritaban. Un hombre me paró y me dijo: ‘Te voy a violar para que te vuelvas hombre’. Salí corriendo”. No ha vuelto a mirar atrás.

Taira (Colombia, 29 años). Todo cambió una mañana de 2016. “Estaba en una tienda de alimentación, comprando desodorante, cuando un hombre empezó a insultarme. Dije: ‘Dispárame, ¿no? Y, sin más palabras, lo hizo. Me miré en el espejo. La bala entró por la mejilla, no rompió nada. Yo misma llamé a la ambulancia. De pronto, vivía con un miedo horrible en mi país: ese hombre no era el único que me podía hacer daño. La ley no me protegería”, recuerda. Huyó. “Ser trans es difícil. Hay que tener cojones. Es salir a la calle y mostrarle al mundo quién tú eres. Tú sabes muy bien que muchas personas, la mayoría, tienen doble vida. Yo prefiero ser así y recibir golpes y patadas, pero ser lo que soy”.

Hamza (Casablanca, 24 años). Marruecos, donde un acto homosexual es un delito castigado con hasta tres años de prisión, puede ser una cárcel para gente como esta persona no binaria atraída por los hombres y por llevar tacones. “Cada día allí es una guerra. En septiembre de 2019 me atacaron físicamente. Me rodearon unas 10, 15 personas, llamándome zamel, zamel (marica, marica), y grabándolo en vídeo. Cogí un taxi y me fui a casa, donde no se lo podía contar a nadie. La salud mental es otro tabú: si tienes un problema, estás loco. Era azafato en una aerolínea y mis compañeros se chivaron de mi sexualidad a los jefes, que me ofrecieron ayuda psiquiátrica. Nunca me sentí segura allí. No puedo ser allí la persona que quiero ser”.

Nonardo (Cuba, 48 años). Es un rebelde. Tuvo que serlo para sobrevivir a La Habana de los setenta como niño gay. “Como era afeminado, mi familia, que me golpeaba, me internó en una escuela rural. Tenía 13 años, pero me pusieron en la única clase que tenía hueco, la de los de 19. Sufrí abusos sexuales, mentales y psíquicos cada noche. Y me rebelé. Me convertí en un alumno difícil. Empecé a fugarme. Dejé los estudios al poco”. Se hizo artista. Rebelde, claro, contra el Gobierno. “En 2018, una nueva ley daba derecho al Gobierno a entrar a mi casa y tomar mis obras”. Empezó a sufrir el acoso. Un día de febrero hace dos años salió rumbo a Europa. Nunca regresó.